Relato por Klifo.
El gigante dejó de interesarse en Daniel y miró a Shilo mientras recitaba, sintió su cuerpo muy pesado y no podía mantener los ojos abiertos, pasados unos segundos, se desplomó en toda su envergadura. Daniel cayó bruscamente sobre el capó del automóvil pero su captor no contó con la misma suerte, ya que cayó sobre una banca de concreto, reduciéndola por lo extremo de su peso a polvo y un sin fin de escombros. Shilo verificó que Daniel no estuviera herido y le ayudo a levantarse. La esperanza brotó una vez más en sus ojos cansados pero cuando escucharon a la distancia, el estridente chillido de las sirenas de las patrullas de la policía, su animó se quebró. Si la policía llegaba a darse cuenta de la existencia de los monstruos, todo estaría perdido.
Mientras el resto de la ciudad fuera ignorante de la fatalidad que se cernía sobre ella en la forma de los engendros que le perseguían a ella y a Daniel, no había la menor duda, de que ellos no molestarían a nadie más que a los chicos, por su fatal destino de saber lo que no se permite saber. Pero algo totalmente diferente sucedería, si el resto de la ciudad era conciente de la existencia de sus enemigos, Shilo estaba segura de que estos canallas no dudarían en asesinar a cada una de las personas que les vieran, sabía en lo profundo de su ser que ellos no permitirían que su presencia fuera revelada al resto del mundo.
A cada segundo que pasaba, el chillido de las sirenas se intensificaba, los chicos se miraron el uno al otro, sus rostros desencajados por la preocupación eran el vago reflejo de dos mentes que trataban infructuosamente de encontrar una solución rápida y certera al problema que tenían enfrente. Shilo movió su cabeza y observó como las patrullas se aproximaban a menos de una cuadra de donde estaban, sin saber que hacer huyó despavorida. Daniel asombrado le siguió con la mirada, mientras ella huía a toda prisa. Escuchó el ensordecedor chillido de las sirenas justo a su espalda acompañado del chirrido producido cuando cada una de ellas se detuvo en el acto a pesar de la alta velocidad con que avanzaban. Daniel se dio la vuelta y resignado con su suerte, levantó en alto cada uno de sus brazos. Un fugaz resplandor cegó a los oficiales que se aproximaban, su sable, sediento, colmaría su sed con creces.
Continuará...
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